Disparar al mensajero

Me cuentan por ahí que la crónica firmada por un servidor que apareció publicada hace unos días en QUESABESDE.COM sobre Sonimagfoto no ha hecho demasiada gracia en algunos ambientes.

No se si le han echado un vistazo -a que esperan, maldita sea- y si tuvieron ocasión de ver con sus propios ojos lo que dio de si esta pasada edición de la feria.

A mi me parece -faltaría más- un retrato realista de como estaba el patio. Entre otras cosas porque se basaba en recoger testimonios de quienes andaban pululando o trabajando por allí. Pero vamos, que igual me tomé más tés de la cuenta en la jaima que había instalada y con los nervios, ya se sabe.

Pero no es momento ni lugar para justificarse. entre otras cosas porque los señores que pagan mi nómina tienen la decencia de soportar estoicamente y sin queja las pataletas que de vez en cuando provocamos al darle el teclado.

Más allá de esta anécdota en concreto -les ahorro los detalles por aquello de la elegancia- el tema de fondo es el de siempre: la autocrítica o, mejor dicho, la capacidad para encajar las críticas brilla por su ausencia en mucho de los actores de este sector.

Otros, por el contrario, son para quitarse el sombrero y jamás les he visto torcer el gesto aunque 10 minutos antes les hayas puesto patas arriba tal o cual cámara. Entre otras cosas porque normalmente ellos son los primeros en saber cuando algo no va bien.

Lo comentábamos hace tiempo al hablar de los TIPA y el peloteo general que reina en muchos rincones: es mejor una falsa palmadita en la espalda -que bueno lo tuyo, y tal- que poner los puntos sobre las íes cuando toca. Así de simple y así de triste.

Dándole más vueltas al tema, hay que reconocer que el sector periodístico también tiene un cierto grado de responsabilidad en esta actitud que se ha ido instalando a lo largo de los años y que ahora resulta tan difícil de barrer.

Supongo que por eso todavía hay quienes se revuelven, entre sorprendidos e indignados, cuando alguien se sale del guión al que están acostumbrados. ¿Cómo han podido?, se preguntan mientras releen más a gusto lo publicado en tal o cual suplementoo panfleto que, de tanto edulcorar la realidad, ha acabado converido en un chiste de mal gusto.

Ya se que los periodistas somos una especie en peligro de extinción en este segmento tecnológico. Pero no está de más recordar que nuestro trabajo es fiscalizar e informar. De lo bueno y de lo malo. Aunque luego haya que esquivar las balas cuando disparen al mensajero.

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