Sospechosos habituales

Artículo de opinión publicado originalmente en QUESABESDE.COM

Ser testigo de la deliberación de un jurado compuesto por fotógrafos de renombre y -sobre todo- mucho criterio es uno de esos privilegios de los que a veces uno disfruta por el hecho de trabajar en este sector. Porque echarle el guante el primero a la Sony NEX-7 de turno o a la Nikon D800cuando por fin llegue está muy bien, pero esto es un auténtico lujo.

La idea era elegir 16 fotos ganadoras de entre las casi 3.000 presentadas al concurso “10 años con Quesabesde”. La cosa no pintaba fácil: de todas esas imágenes, más de 300 eran de aquellas que casi cualquiera que le guste llevar una cámara encima estaría encantado de firmar algún día.

Ocho fotógrafos de especialidades y trayectorias muy diversas ejercían de jurado y tenían ante sí esa complejísima criba entre las instantáneas buenas, las muy buenas y las mejores. Parecía imposible, pero tras casi cuatro horas aquello iba cogiendo forma y el número de finalistas quedaba reducido a unas pocas decenas. Pasadas las siete de la tarde -llevaban reunidos desde las dos del mediodía- ya estaba la lista con las 16 fotografías ganadoras.

¿Podemos ver esa imagen más ampliada?, preguntó uno de los fotógrafos mientras se acercaba al plasma de 50 pulgadas que servía de pantalla para la visualización de las fotografías. Lo que empezó como una duda razonable sobre el nivel de retoque que se le había aplicado a una foto no tardó mucho en convertirse en un debate sobre la veracidad de aquella imagen: ¿era cierta o había sido montada de alguna forma?

La cosa se complica cuando aquella primera voz de alarma fue creciendo y unos cuantos pares de ojos empezaron a escudriñar la foto en busca de algún detalle que la delatara o la absolviese. En aquel momento no había RAW para poder darle a la lupa (sí disponían de una copia de 2.000 píxeles), así que en pocos minutos el debate estaba servido.

¿Qué hacer en un caso así, cuando existe cierta duda razonable sobre la manipulación de una foto? Estoy convencido de que se trata de parte del guión de la mayoría de concursos de los últimos años. Cuando parece que más o menos empieza a existir cierto acuerdo sobre lo que es tolerable o no a la hora de editar una foto -más o menos, insisto-, el problema está empezando a ser otro: sencillamente tendemos a no creernos algunas imágenes hasta que no se demuestra lo contrario.

El escepticismo es un ejercicio muy sano. De hecho, teniendo en cuenta cómo anda el periodismo y por extensión el fotoperiodismo, no está de más eso de entornar un poco la mirada y poner cara de póquer cuando nos la intentan colar. Si se trata de las piernas de una ministra, la cosa no tiene mayor trascendencia, pero si hablamos de información pura y dura, ya no tiene tanta gracia.

Pero volvamos a nuestro jurado y nuestra foto. Las bases en este tipo de certámenes son bastante claras: se permite la edición dentro los límites comúnmente aceptables, pero queda prohibida la manipulación o alteración de los elementos que componen la fotografía. No es literal, pero la idea es esa. Ni más ni menos que lo que dicta el sentido común y se aplica en los concursos de fotografía más prestigiosos del mundo.

Niveles, contraste, saturación, reencuadre… lo típico, y siempre dentro de unos límites razonables, con el consiguiente margen de maniobra y la subjetividad que cabe dentro de esa normalidad.

Tal vez por eso es raro el concurso que en los últimos años no haya acabado convertido en noticia por algún problema con las fotografías elegidas. Cuando no es un lobo presuntamente salvaje, es una mujer con “burka” clonada por duplicado.

Hace ya tiempo hablábamospor aquí de todos estos casos y nos preguntábamos si había llegado el momento de replantearse el papel de la imagen fotográfica como sinónimo de verdad y dejarle de conceder el beneficio de la duda.

Pero, volvamos a la bonita historia de nuestro jurado: ¿cómo actuar en un caso así, en el que existe cierta duda sobre la veracidad de una foto y no se dispone de los medios para certificarla? ¿Es suficiente la palabra del fotógrafo o no basta?

Afortunadamente, ésta es una historia con final feliz. Los originales llegaron a tiempo y corroboraron que no había ningún truco. Simplemente, era una fotografía genial.

Pero tras presenciar aquel interesante debate entre quienes defendían la duda preventiva y los que mostraban un poco más de fe en la raza fotográfica, sigo sin tener muy claro qué sería lo correcto en un caso así. Ante una duda razonable, ¿habría que tachar una foto o la presunción de inocencia fotográfica debería figurar en la declaración de derechos humanos?

Una respuesta a Sospechosos habituales

  1. Elen dice:

    Ya que es usted tan independiente le voy a hacer una pregunta trascendental. Imaginemos que usted es mi amigo del alma y me va a hacer un regalo que me muestre todas las lindezas del mundo fotográfico. Como persona novel que soy, me resulta de lo más pretencioso colgarme del cuello algo que cueste más de 450€. Como me conoce usted muy bien, sabe que soy más bien perezosa y que además mis cervicales no están pasando por sus mejores momentos. Pero igualmente sabe que soy muy picajosa, y que después de empaparme álbums y álbums de flickr soy capaz de distinguir una foto hecha con una compacta, a una hecha con una PL-1, a una hecha con una sony nex-5 a una hecha entre una GF1 a una GF3 o una samsung NX. El objetivo es gastarse lo menos posible (porque aunque gran amigo, tampoco es mi alma gemela), pero ofrecerme algo muy digno. ¿Cuál me compraría?

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