Las fotos que no hicimos

Artículo de opinión publicado originalmente en QUESABESDE.COM

Ahora hay un centro comercial y un palacio de congresos, pero hace décadas allí estaban los astilleros Euskalduna. En plena reconversión naval y con la amenaza de cierre y miles de despidos sobre la mesa, las batallas entre los trabajadores y la policía eran el paisaje tradicional del Puente de Deusto, en Bilbao.

En 1984 uno era todavía demasiado joven como para entender de qué iban las barricadas ardiendo en medio de la carretera de camino al centro de la ciudad. Pero todavía recuerdo a mi padre viendo las noticias y maldiciendo a los que, en aquella época, iban uniformados de marrón.

Lo que sí recuerdo es que, cuando se apagaron los cócteles molotov y la empresa cerró definitivamente, durante mucho tiempo al pasar por aquel mismo puente se podían ver todavía los restos de la batalla. Y en el tejado de uno de los almacenes abandonados, una cabeza de cerdo con un lema que se coreaba mucho por aquella época: “Obrero despedido, patrón colgado.”

Es curioso, pero estos últimos días, y sin saber muy bien por qué, me ha venido a la cabeza aquella imagen cada vez que ojeaba el periódico. Tal vez sea cosa de la edad. De descubrir que ahora en la facultad en la que estudié han cerrado los laboratorios de fotografía y junto a la cafetería de diseño han colocado la sucursal de un banco. O de la crisis económica y la reforma laboral.

Aunque a lo mejor es sólo un efecto secundario de la emoción de descubrir que la Sigma SD1 ahora cuesta la mitad. O de que ya no tendré que seguir escribiendo sobre rumores de la Nikon D800.

El motivo es lo de menos, pero cada vez que recuerdo aquella imagen tan de los ochenta me pregunto por qué demonios no tengo una foto de esa pintada. Que por aquel entonces no tuviera una cámara -la afición me llegó muy tarde, que suele decirse- parece un buen motivo. Pero la idea era ponerse en plan más conceptual a partir de esta tonta historia.

Y es que tal vez ese ataque de nostalgia tecnológica que sufre nuestra generación entre vinilos y tomas envejecidas a golpe de filtro sea un simple tic freudiano por todas aquellas fotos que no hicimos. Y que sabemos que ya nunca podremos hacer, porque aquel mundo, aquel Bilbao y aquellas barricadas ya no están.

Pero no nos pongamos melodramáticos, por favor. Aquellos tiempos de una cámara por familia y carretes que duraban meses ya han pasado. Ahora sacamos cuatro veces más fotos que hace sólo cuatro años (las cifras que se manejan al respecto hablan de unos 380.000 millones de instantáneas tomadas en 2011). Instagram aseguraba tener unos 150 millones de fotos en otoño del pasado año, y la colección de Flickr se eleva a 6.000 millones.

¿Podemos respirar aliviados? ¿Está nuestra memoria a salvo? Tenemos un registro de cada día y cada rincón que hemos visitado. Las fotos ya no son cosa de los cumpleaños y las fiestas de guardar, sino que -cámaras y sobre todo móviles mediante- se han convertido en una suerte de diario.

Así que, por mucho que algunos resoplen al escuchar el insistente sonido del obturador asegurando que antes se hacían menos fotos pero mejores, ni caso. Por mucho que Joan Fontcubertanos busque las cosquillas con su posfotografía recomendándonos que nos ahorraremos esa postal de una puesta de sol porque ya hay demasiadas en el mundo, ni caso. Saque esa maldita foto, porque cuando algún día la eche de menos ya será demasiado tarde.

Sí, ya sé. La pregunta no es si tenemos o no fotos de cada minuto vivido, sino si seremos capaces de dar con ellas o verlas dentro de unos años. Con el disco duro, la nube y las redes sociales repletas de millones de instantáneas puede que el mayor problema esté precisamente ahí: en el exceso.

Así que algo de razón no les falta a lo agoreros de turno. Que levante la mano el valiente que ahora mismo sea capaz de recordar con precisión dónde está la carpeta con las imágenes de aquel viaje de hace unos años o los cientos de megas con los RAW que nunca llegamos a revelar.

Pero puede que algún día, rebuscando entre viejos archivos, demos con ellas. Y puede que haya suerte y el iPad 6 con hologramas en 4D sea capaz de leer aquellos antiguos documentos en formato JPEG. O tal vez no, y después de tantos miles de fotos disparadas nos quedemos igual, tirando sólo de memoria y recuerdos de aquel viejo puente y aquellas batallas perdidas.

Pero por si acaso, ante la duda, mejor apretar el disparador. Después de todo, como las historias que no escribimos o las palabras que nunca pronunciamos, las peores fotos son siempre aquellas que no hicimos.

3 respuestas a Las fotos que no hicimos

  1. Alberto dice:

    Leyendo esto me ha venido a la cabeza algo que leí de Alberto García-Alix, que decía que las fotos que por algun motivo no se hacen, són como puñaladas, que dejan cicatriz en nuestro interior, o algo así…

  2. hugo solo dice:

    Lo de las puñaladas queda muy bien en un taller o en una entrevista o conferencia al cabo de la semana terminas con un harakiri o puedes morir desangrado.

  3. Alberto dice:

    Bueno Hugo, son formas de vivir la fotografía, metáforas…

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