Fotos republicanas

© Rann Safaris

Hay instituciones que, definitivamente, no se llevan bien con la fotografía. Y la monarquía española parece un buen ejemplo de este extraño suceso, digno de ser estudiado por el mismísimo Iker Jiménez: cada vez que aparece una instantánea borbónica su últimamente maltrecha imagen -nunca mejor dicho- acaba perdiendo más puntos que el IBEX 35.

Y eso que -se dice por ahí- su campechana alteza es (o era en sus tiempos mozos) un gran aficionado a la fotografía y que más de una firma se desvivía para que puediera probar los últimos juguetes del mercado. Pero una cosa es estar al otro lado de la cámara y otra posar. O que te pillen con las verguenzas al aire. En plan metafórico o literal.

El affaire bostwanés y la lógica reacción de mala leche que ha provocado entre el personal -y el consiguiente cachondeo por las redes sociales, claro- evidencia que alguien en la Zarzuela debería ir actualizando su curriculum. Porque más allá de lo indecente del asunto a todos los niveles, la chapuza comunicativa es de risa: hay que ser muy ingenuo o tonto para hacerse -o dejar que se haga, mejor dicho- una foto así y que esté disponible en la agencia de viajes de turno.

No obstante y como prueba de la buena voluntad de este humilde blog y del súbdito que teclea para con la institución monárquica nada mejor que rebajar la tensión fotográfica con otra instantánea más inocente que nos dio grandes momentos de descojono allá por las navidades de 2006.

Me pregunto si el responsable de prensa que dio luz verde a este elegante montaje y al que se le ha colado el tema del elefantes es el mismo. En su honor ahí va este entrañable artículo que publicamos en su momento:

Ni el helicóptero de Rajoy, ni la nueva ley del tabaco, ni siquiera el estatuto de Cataluña han conseguido suscitar tantos comentarios y cachondeo como esta foto. Por lo menos en los círculos fotográficos del país, que -como bien sabemos- son siempre una raza peculiar. Sí, lo han adivinado: estamos hablando de esa magnífica instantánea por fascículos que la Casa Real ha utilizado como felicitación navideña.

Ya se sabe que el ambiente navideño es propicio para noticias ligeras, amenas y aptas para toda la familia. Así que los medios de comunicación han dado buena cuenta de la susodicha imagen, escandalizados no tanto porque sea un montaje informático, sino porque ha sido realizado con tan poco esmero que salta a la vista a demasiada distancia.

Incluso los muchachos de El Mundo se han hecho eco de una nota oficial de la Casa Real en la que se reconoce que, efectivamente, se han visto obligados a confeccionar una fotografía a partir de varias imágenes, dada la imposibilidad de reunirlos a todos.

Un auténtico alivio, porque no sólo nos han sacado de dudas, sino que su sinceridad puede que les haya librado de la cámara oculta que Melchor Miralles y compañía seguramente estaban preparando para desvelar la auténtica y descarnada historia que se esconde tras ese inocente collage.

No obstante, suponiendo que aún quede alguien que no la haya visto, en la página oficial de los inquilinos de la Zarzuela ondea majestuosa. O por lo menos allí ha estado unos días porque tras varios intentos, ahora mismo no hay manera de acceder a ella. Tal vez alguien ha tenido un ataque de sentido común y ha preferido esconder el desaguisado. Como avisan en portada, también puede ser que todo se deba a un “proceso de migración”.

Por si acaso, les refresco la memoria: sofá rojo con frondosos ventanales al fondo, flores navideñas por doquier y la pareja real sentada y acompañada por los siete retoños de sangre azul.

Faltan brazos, faltan piernas, los niños que están en brazos están recortados y pegados con tanta naturalidad como un tiesto… En fin, la chapuza es tan lamentable, tan de aquí, que es inevitable ver el lado graciosos de la jugada y pensar en una descripción a la altura de las circunstancias. Algo así como “ese pedacho de Borbón ahí pegado, y ese fistro de fondo mas falso que”… etcétera.

Y es que, más allá de todos los comentarios técnicos sobre el uso de capas y las selecciones hechas a tijeretazos, o la afrenta que todo esto supone para la pureza fotográfica, o las más sesudas reflexiones filosóficas y humanas que se puedan hacer, el asunto tiene su guasa geográfica.

Porque hay cosas que, para bien o para mal, sólo pueden pasar entre estas fronteras donde nos ha tocado vivir. ¿Alguien se imagina a la real familia noruega, británica, de Luxemburgo o de cualquier otro país vecino bendecido con una monarquía retratada con este peculiar estilo que parece copiado de los dibujantes de South Park?

Pero “Spain is different”, que decía el otro. Aquí, los pofesionales -así, sin r- son una especie que campa a sus anchas. Y si el intrusismo profesional siempre ha tenido en la fotografía un campo abonado, la llegada de los píxeles ha abierto la veda.

Un antiguo compañero que lleva muchos años en esto de la fotografía, acostumbra a decir que aquí el que tiene una cámara ya es fotógrafo y un ordenador nos convierte en retocadores consumados, con grado Adobe Expert. Y el que tiene a mano un teclado ya es periodista, podría añadirse.

Así que después de la cara de sorpresa y el ataque de risa al ver la dichosa foto, me vinieron sus palabras a la cabeza. Para qué vamos a contratar a alguien que se dedique profesionalmente a hacer este tipo de malabarismos con Photoshop -o con lo que se haga-, si fulanito conoce a alguien o tiene un sobrino que -mira tú por donde- se pasa el día delante de la pantalla de un ordenador y además tiene una copia del programa ese tan bueno.

Después de todo, si para sacar una foto sólo hay que estar allí y darle al botón, aplicando esa misma regla de tres, el único requisito para hacer un apaño con tres o cuatro imágenes es tener un poco de destreza con el ratón.

Y claro, luego pasa lo que pasa. Que tenemos una galería con retratos firmados por Alberto Schommer o por Pedro Madueño, pero metemos la pata en el último minuto. Que si las prisas, que si la imposibilidad de reunirse, que si mi primo es un manitas…

Así que el siguiente paso podría ser aparcar la corbata, la Hasselblad y toda la parafernalia y hacer un apaño con la cámara del teléfono móvil y el programa de retoque que te regalan en la tienda de la esquina cuando revelas las fotos digitales. Que para hacer selecciones no va demasiado bien, pero los ojos rojos los deja bordados.

Eso que nos ahorramos. Y además, ¿quién se va a dar cuenta?

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