Pero seguimos molando

Artículo de opinión publicado originalmente en QUESABESDE.COM

El vaso estaba medio lleno, la cerveza fría y la música se podía soportar. No está nada mal este garito, pensé ensayando mi mejor media sonrisa de tipo duro al ver que la camarera a duras penas podía contenerse para no saltar sobre mí desde el otro lado de la barra.

Supuse que era cosa de mi chaqueta de cuero marrón. O tal vez de la barba de tío moderno que había conseguido dejarme tras acostumbrarme durante un par de semanas al molesto picor. Aunque, pensándolo mejor, tal vez el truco era la cámara que había dejado apoyada sobre la barra. Una de esas réflex grandes y negras que llevan rotulado en Arial 16 un “sí, nena, soy fotógrafo”.

Una escenita de este tipo debió de imaginar el bueno de Jaume Balagueró cuando se le ocurrió incluir en el anuncio que ha rodado para una conocida marca de cervezas (qué demonios: Voll-Damm; a ver si se animan y nos mandan una caja) a un fotógrafo en su lista de personajes intrépidos. De esos que saben vivir la vida al límite, jugárselo todo cada noche y acabar -por supuesto- seduciendo a una camarera mientras apuran la penúltima cerveza de la jornada.

“Puede que haga frío, puede que te hagas daño…”, avisa la voz en “off” del anuncio antes de recordarnos que, muchachos, sólo quienes se la juegan podrán llegar a ser lo que quieran. Y a molar, que de eso se trata en el fondo. Las opciones son ilimitadas, pero como propuestas rápidas los chicos de la cerveza apuestan por un boxeador, un jugador de rugby, un niñato en plan ejecutivo triunfador, una novia a la fuga, unos “snowboarders”, un tipo que salta en paracaídas desde lo alto de un edificio, un “perroflauta” de Greenpeace y -ahí vamos- un fotoperiodista de guerra.

En realidad la secuencia muestra a una fotógrafa, pero como comprenderán no iba a permitir que este tonto detalle me fastidiara el brillante párrafo inicial. Además, no es esto una cuestión de géneros. La idea se mantiene si en esa barra ponemos a una chica en vez de ese barbudo abofeteable. De hecho, ahora que lo pienso, la cosa mejora sustancialmente. Porque si lo del mito del tipo con cámara puede llegar a funcionar, lo de la erótica fotográfica de ellas es -si me lo permiten- incuestionable.

Vicios al margen, lo cosa no deja de tener cierta gracia. La crisis del sector ha reconfirmado lo que desde hace años muchos ya sabían: la de fotoperiodista es una de las peores profesiones del mundo en lo que respecta a sueldo, peligrosidad y estabilidad laboral. Por si fuera poco, algunos siguen teniendo el recurrente vicio de matar al mensajero, otras veces son simples accidentes de la profesión y en el mejor de los casos la cosa se queda en un par de porrazos del uniformado de turno.

Mientras se sigue debatiendo sobre la necesidad de reinventar el fotoperiodismo, cada vez está más extendida la idea de que ahora mismo -excepto cuatro afortunados- la única forma de afrontar reportajes con cierto interés es planteárselo como un “hobby” y buscarse la vida por otro lado. Se hacen más y mejores fotos que nunca y hay más medios para difundir estos trabajos, pero parece que nadie está dispuesto a pagar por ellos.

Y desde el otro lado de la barrera, los Cebrián de turno sientan cátedra sobre el periodismo y su negro futuro mientras firman el siguiente ERE que pondrá en la cola del paro a unos cuantos plumillas y fotógrafos más. Suponiendo que en este país quede algún fotógrafo en plantilla, claro. Que es mucho suponer.

Pero que no decaiga el ánimo, amigos. Ya hemos dicho que esto es un anuncio y la botella siempre tiene que estar medio llena. Dejémonos seducir una vez más por esa imagen del reportero como un tipo intrépido. No hagamos ni caso a lo que hace unas semanas nos contaba Ricky Dávila sobre lo repugnante que resultaba esa “falsa épica del fotógrafo audaz”. Ya saben: chaleco de bolsillos, refugiados huyendo de una ciudad en llamas y él (o ella) en dirección contraria, justo hacia donde silban las balas. En plan “Territorio comanche”, y tal.

Es posiblemente un consuelo absurdo, pero al menos está bien saber que eso de ir por la vida de fotógrafo todavía tiene cierto tirón. Incluso para los que nunca lo hemos sido pero alguna vez hemos cedido a la tentación de definirnos como tales -que levante la mano quien nunca lo haya hecho- confiando en el poder de seducción del mito.ç

Podrán dejarnos sin trabajo y salario o vendernos cámaras de 6.000 euros que caducan a los dos años. Puede que acabemos haciendo bautizos y dando cursos de fotografía con ofertas de dos por uno. Pero quizás -y sólo quizás- siempre nos quedará saber que seguimos siendo los más molones del bar. Y que, puestos a elegir, la camarera nos servirá antes a nosotros la dichosa cerveza confiando en que le contemos aquella vez que estuvimos en Afganistán. Brindemos por ello.

4 respuestas a Pero seguimos molando

  1. hugo solo dice:

    Lo de reinventar el fotoperiodismo suena como lo de pacto de civilizaciones.

  2. Alberto dice:

    Iker, ¿has pensado en escribir una novela con el tipo de la cámara de protagonosta? Lo de escritor también tiene su tirón en según que círculos, y más si eres impertinente, a lo Reverte.

    saludos!

  3. Alberto dice:

    protagonosta no acaba de ser correcto, ¿no? mejor protagonista…

  4. Iker dice:

    Jaja… hablaré con mi editor😉

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